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jueves, 30 de octubre de 2008

Leyenda del cerro monje

En 1567, un buque a italiano naufragó en el río de la Plata y pereció toda su tripulación excepto el capitán, quien ha bía hecho una promesa de penitencia y oración por treinta años si se salvaba.
Más tarde remontó el el río Uruguay en una chalupa. Al llegar a este cerro, apoyó su bastón en una piedra y de ella brotó agua.
Lo tomó como una señal para perma necer allí, y se quedó para siempre, dedicándose a la penitencia y a la evangelización de los lugareños.
En la modesta capilla que construyó para si guardaba imágenes sagradas, entre las cuales había una de Nuestra Señora del Huerto. En el sitio donde brotaba agua plantó una cruz. Así la vivió el capitán. Hoy, en el camino entre la cruz y la ermita, hay un Vía Crucis construido.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Un cuento fascinante, de Horacio Quiroga, te está esperando...

CUENTOS DE LA SELVA: EL PASO DEL YABEBIRÍ
En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque "Yabebirí" quiere decir precisamente, "Río de las rayas". Hay tantas, que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre a quien lo picó una raya en el talón y que tuvo que caminar renqueando media legua para llegar a su casa: el hombre iba llorando y cayéndose de dolor. Es uno de los dolores más fuertes que se puede sentir. ESTE ES UN CUENTO ATRAPANTE, podés leerlo completo haciendo clik aquí: "El paso del Yabebirí"

Un escritor que trasformó cada rincón de la selva, en un cuento!

Horacio Quiroga nació en el Salto uruguayo en 1879 y murió en Buenos Aires en 1937.
Inició su carrera literaria con un libro de poesía, Los arrecifes de coral (1901), antes de trasladarse a Argentina, donde transcurrió el resto de su vida.
La Selva Misionera tuvo una relación directa con la vida del autor que vivió largos períodos de su existencia en Iviraromí, cerca de las ruinas jesuíticas. El saber sobre un territorio, saber por experiencia, de una zona de frontera a la que sus lectores de la ciudad no tenían acceso, fue en su tiempo una marca de estilo del escritor.
La Selva se convirtió en su mayor inspiración y su refugio para huir del pasado trágico que marcó su vida. El escritor, en su gran obra “Cuentos de la selva” mezcla, con extraña astucia, personajes humanos y animales que hablan, como en las fábulas clásicas, pero estableciendo una sutil frontera entre la vida natural y la civilización.

sábado, 27 de septiembre de 2008

"Leyenda Guaraní"

Leyenda del Isondú

Cuenta la leyenda, que había un luminoso indio guaraní que atraía admiración, odios y amores. Se llamaba Isondú. Era de esas personas que hacen que parezca fácil cazar bien, pescar aun mejor y gustarles a todos. O a casi todos. Porque Isondú llegaba y las jóvenes no buscaban excusas para acercarse. Simplemente venían a mirarlo, a conversar con él. Y lo rodeaban los amigos. Siempre, donde estaba Isondú había acción y risas. No era su intención, pero se destacaba de los demás. Como si tuviera una luz acompañándolo, dándole protagonismo.
Los que no se agrupaban junto a Isondú, los que no lo querían, empezaron a sentir que se perdían en su sombra. Se quedaban mirándolo, en la oscuridad. Primero solos, impotentes. Después juntos, envalentonados, compartiendo envidia. ¿Cómo son los pensamientos en la oscuridad?. Son muy negros. Isondú lo supo una noche, cuando cayó en una trampa para cazar animales y sus envidiosos enemigos se abalanzaron sobre él.
No se sabe con qué lo atacaron. Probablemente con mazas. Pero lo hicieron todos juntos, a la vez, por sorpresa. Si no, nunca hubieran podido vencerlo.
Le hicieron muchas heridas. Algunos dicen que veintidós y que el cuerpo de Isondú murió. Pero él era un indio de este mundo. Y de otros.
El hecho fue que sus heridas cambiaron de color. Se aclararon, se volvieron blancas y brillaron. Unas lucecitas con alas que se desprendieron del cuerpo tomando vuelo. Se fueron agrupadas como pedacitos voladores de la Vía Láctea.
Se transformaron en luciérnagas. Antes no existían. El cuerpo mismo de Isondú se hizo volátil y se fue por ahí, con ellas.
Desde esa noche, entre los ríos Paraná y Uruguay, hay una zona donde es casi imposible que alguien se deje ganar por la oscuridad del camino. ¡Mucho menos que se pierda!
Un séquito de luces puede acompañarlo, unos destellos colarse en los más oscuros sentimientos.
Algo del indio Isondú, algo de luciérnaga repartido en vuelos, va a darle más fuerza.
Y así fue el nacimiento de las luciérnagas. O isondúes, o tuquitos. O bichitos de luz.